Agropecuaria dos veces verde

por Eduardo Gudynas y Gerardo Evia – Si bien la producción agropecuaria es fundamental para la economía nacional, muchas veces se olvida que ella depende un marco ecológico. Nuestros cultivos y ganados se sustentan en un entramado de relaciones ecológicas, que deben ser cuidadas y mantenidas para asegurar la sustentabilidad del agro.

Los cultivos uruguayos de arroz o los robustos Heredford que pastan en nuestras praderas son fieles testigos de la enorme riqueza agropecuaria del país. Muchas veces se piensa que en los cultivos o ganados comienzan esas cadenas productivas, así como hay más de un niño que defiende el origen de la leche está en las bolsas plásticas de las estanterías de los supermercados. La realidad nos muestra que muchos adultos creen que el sector agropecuario se encuentra aislado de su entorno. Nada más lejos de la realidad. La propia Naturaleza se encarga de recordarnos, de tanto en tanto, que esos cultivos y ganados descansan sobre su ancha espalda. Las sequías de los últimos meses o las inundaciones inesperadas, nos alertan sobre las intrincadas relaciones entre la producción y los procesos naturales. Es que la agropecuaria no sólo es verde por la proliferación de cultivos y pasturas, sino por el contexto ecológico donde ella descansa.

La perspectiva ecológica

La visión ambiental de la agropecuaria reconoce la necesidad de asegurar un ingreso que permita a la familia rural vivir con decoro, pero también se compromete con preservar y mantener los elementos del ambiente, como la fauna y flora de un lugar, la regeneración del suelo y el ciclo del agua. Los recursos que ofrece el ambiente pueden ser utilizados por el ser humano, pero -siempre hay un pero- esa utilización debe hacerse atendiendo al menos dos criterios: el primero, manteniendo la integridad de esos recursos naturales, sea por que se los aprovecha dentro de los mismos ritmos con los cuales la Naturaleza los renueva, o porque se los repone o protege. El segundo, asegurando que nuestras generaciones futuras puedan tener las mismas o mejores posibilidades que nosotros de usar esos recursos en su provecho.

Un minuto de reflexión permite explicar esas condiciones. Resulta obvio que no tiene sentido, por ejemplo, lograr un éxito comercial con un cultivo a costa de erosionar el suelo, sabiendo que la recuperación de esa capa fértil puede insumir siglos. El beneficio que ahora se obtiene nos lleva a futuras décadas de pobreza y problemas que tendrá que soportar toda la sociedad; y de hecho, procesos erosivos como los que se aprecian en algunas zonas de Canelones son una alarma en ese sentido. N. Guillot hace más de un siglo (1896) advertía a la Asociación Rural que la “fertilidad de nuestras tierras, acumulada por siglos, es un tesoro que no hay que apresurarse a malgastar”, dejando que claro que los desvíos que hoy cometemos se traducen en limitaciones que se imponen a nuestros hijos, nietos y bisnietos.

 

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Un futuro posible: uno de los humedales naturales más importantes del Uruguay, los Bañados de Farrapos (departamento de Río Negro), con sus montes nativos, bordeados por tierra arada bajo uso agropecuario.


Balances de materia y energía

La visión ecológica de la producción agropecuaria también ha deparado grandes sorpresas, demostrando que no todo lo que brilla es ganancia. En efecto, esta perspectiva no se contenta con los incrementos en la producción por hectárea, sino que los analiza en relación con los insumos en materia y energía que se vuelcan en la producción. Recordemos que, en un ecosistema natural, la generación de materia orgánica depende del aprovechamiento de la luz del sol que realizan las plantas durante la fotosíntesis. Los actuales incrementos de rendimiento se logran tanto simplificando los ecosistemas, como por enormes aportes de energía adicional de origen humano.

Esto ha sido advertido décadas atrás al analizarse la energía total aportada sobre cada hectárea; al aporte del sol se suman la provisión de fertilizantes, pesticidas, la irrigación, el uso de maquinaria, etc. Los mayores rendimientos se lograban a costa de un aumento desproporcionado de esa energía “extra”, gran parte de la cual paradójicamente, se perdía en todo el proceso y sólo una pequeña fracción llegaba al final. Resultó entonces que las nuevas tecnologías lograban aumentos, sí, pero con un gran “desperdicio” energético, en gran medida condicionado por el funcionamiento del ambiente. En efecto, el análisis ecológico en los cultivos de granos de los EE UU demostró que la eficiencia, evaluada por la relación entre las cosechas obtenidas contra la energía total invertida en cada hectárea, bajó de 3,70 en 1945 a 2,82 en 1970. Si a todo ello se le suman los impactos contaminantes, los beneficios aparentes se reducen todavía más.

 

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Pérdida de recursos: cárcavas por erosión de suelos en colinas y lomadas del Este (departamento de Rocha).

Sustentabilidad agropecuaria

La visión ecológica de la producción rural actualmente se orienta hacia el llamado desarrollo sustentable. Esa estrategia asegura mantener la integridad de los recursos biológicos a la vez que son aprovechados en beneficio del ser humano. Para lograr ese delicado balance, el uso de los recursos deben ser mucho más eficiente, tanto por una disminución de lo que se desaprovecha, como por una mayor intensidad en los productos finales que se obtienen por cada unidad extraída de la Naturaleza. Debe evitar los impactos ambientales adversos, como la contaminación por agroquímicos, así como asegurar el funcionamiento de los ciclos complejos de los nutrientes y el agua.

Este tipo de preocupaciones ambientales está generando acalorados debates sobre las estrategias productivas. Quienes son muchas veces presentados como los más adelantados en la producción agropecuaria a nivel mundial,  comienzan a cuestionarse sobre el saldo ambiental y económico de sus prácticas productivas. Por ejemplo, meses atrás Lloyd Fear, un típico “farmer” canadiense de Manitoba, declaraba “Cuando comencé a producir hace 23 años no usábamos los más poderosos químicos hoy disponibles, no inundábamos los campos con fertilizantes, y sin embargo teníamos un buen pasar. Sentía que controlaba mi explotación. La relación entre los ingresos contra los insumos era de tres a uno. Hoy estamos al filo de la navaja, usando transgénicos, cambiando variedades casi anualmente, usando agroquímicos … y nuestra relación entre ingresos e insumos ha caído a 1,2 contra uno, en un buen año. Apenas suficiente para pagar la cuenta del almacén”.

Esta misma reflexión se debe iniciar en Uruguay, donde el aumento de la productividad exclusivamente con base en insumos externos, como las raciones, fertilizantes, pesticidas u otros paquetes tecnológicos puede, además de resultar costoso, generar enormes impactos ambientales. La experiencia europea muestra que la contaminación de las napas freáticas con residuos de nitratos de los fertilizantes puede llegar a ser una pesadilla tanto ambiental como sanitaria y económica. Asimismo, también se pueden perder mercados crecientemente importantes de consumidores interesados productos naturales.

Se debe analizar si Uruguay ensayará senderos alternativos, como puede ser una estrategia que incentive la producción ambientalmente amigable, tanto a nivel doméstico como en las exportaciones. En ese sentido, CLAES (Centro Latino Americano de Ecología Social) está desarrollando, con apoyo de la Embajada del Reino Unido, un programa para acercar esta problemática a los productores rurales, sus familias y técnicos y docentes del interior del país. El objetivo es humilde pero a la vez clave: señalar que la agropecuaria tiene esta cara ecológica, y lo que allí se sucede tendrá consecuencias ambientales y económicas. Recordemos que del 75% al 85% de las exportaciones del país se basan en recursos naturales, y por lo tanto la integridad ecológica es indispensable para asegurar esos flujos exportadores.

Por cierto que en Uruguay existen distintos esfuerzos que apuntan a proteger algunos recursos (como por ejemplo, la ley de conservación de suelos y aguas), pero todavía carecemos de una visión abarcadora. Los recursos se manejan en forma separada, por un lado el agua, por el otro el suelo, y más allá las técnicas de riego, y así sucesivamente. Los elementos que constituyen nuestros sistemas ecológicos quedan desmembrados entre distintas reparticiones y diferentes ópticas. De la misma manera, las tecnologías agropecuarias deben ser evaluadas por sus incidencias en la balanza economía – ecología. Finalmente, también se deben valorar ejemplos nacionales de sistemas productivos agrícola-ganaderos, que insinúan algunos de los componentes de la sustentabilidad agropecuaria. Estas y otras tareas requieren esfuerzos conjuntos desde el gobierno, los centros académicos y las gremiales rurales. Pero, más que todo eso, necesitan de una nueva mentalidad: dos veces verde.


E. Gudynas y G. Evia son investigadores en el Centro Latino Americano de Ecología Social (CLAES). Publicado en Revista Posdata, Montevideo, viernes 17 de marzo de 2000.