Nuevo acuerdo de la OMC: muchos festejos, mucha ambigüedad, poca sustancia

por Gerardo Evia y Eduardo Gudynas – El pasado 31 de julio, en los salones de la Organización Mundial de Comercio (OMC), se llegó a un acuerdo para relanzar las negociaciones comerciales globales. Esas conversaciones estaban prácticamente estancadas desde hacia un largo tiempo, por lo que el Director General de la OMC, Supachai Panitchpakdi, festejó la resolución como un logro “verdaderamente histórico”. Los gobiernos de distintos países también celebraron, invocando una y otra vez que finalmente se lograba superar el fracaso de la OMC en Cancún. Las felicitaciones partían de sitios tan distintos como París, Washington, Brasilia o Buenos Aires.

Esa proliferación de celebraciones llama la atención. Por un lado, varios gobiernos del sur anunciaban dentro de sus países que habían logrado un enorme éxito comercial. En especial, el ministro de relaciones exteriores de Brasil, Celso Amorim, afirmó que ese acuerdo indicaba el “inicio del fin” de los subsidios agrícolas de los países del norte. El canciller sostuvo: “El escenario está montado para la reducción sustantiva de todo tipo de apoyo doméstico que distorsione el comercio. Las negociaciones para el acceso a mercados abrirán nuevas oportunidades, sin causar perjuicio a las necesidades de los países en desarrollo” (Clarín, B. Aires, 8 de agosto 2004). El presidente Lula lo felicitó.

Si el fin de los subsidios está próximo, sería razonable esperar varias reacciones de los agricultores europeos o la agroindustria estadounidense, ya que ellos están entre los principales beneficiarios de esas medidas. Pero en Washington y Bruselas todos estaban sonrientes; incluso el gobierno francés se mostró optimista frente al nuevo acuerdo de la OMC.

Esta situación nos alerta que estamos frente a algún problema. Para comenzar a resolverlo es indispensable ir a las fuentes, y analizar el texto del acuerdo que celebraron los gobiernos en la OMC. Al examinarlo, y en especial el apéndice dedicado al marco para establecer modalidades en agricultura, es evidente que los compromisos son ambiguos. Desde el punto de vista Latinoamericano, el texto acordado en estas semanas en Ginebra es más vago, menos ambicioso y concreto, que las posturas que defendía el “Grupo de los 20” el año pasado. Recordemos que Brasil, Argentina y otros países Latinoamericanos integraban ese grupo, conjuntamente con otras naciones como India y China, y sostenían posturas muy precisas reclamando la eliminación de subsidios y ayudas. A pesar que se proclama el fin de los subsidios agrícolas, el texto acordado en la OMC no cambia sustancialmente la situación actual, no establece plazos concretos, ni mecanismos precisos para alcanzar esas metas.

Para ser más claros es oportuno considerar algunos casos. Frente a los subsidios a las exportaciones la reciente declaración de la OMC acuerda en eliminarlos todos, pero en “una fecha a ser acordada”; en el caso del acceso a mercados, por ejemplo, se indica que la “progresividad en las reducciones de las tarifas” se hará por medio de “mayores cortes en las tarifas más altas” pero con “flexibilidad para productos sensibles”. De esta manera, el nuevo acuerdo enumera varias cuestiones claves en la negociación, se postulan metas en muchos casos compartibles, pero enseguida se las rodea de condicionalidades y ambigüedades en cómo alcanzarlas y llevarlas a la práctica. En realidad casi todo el documento de la OMC es un acuerdo para seguir “negociando lo que se va a negociar”.

El presentar como éxitos acuerdos difusos de este tipo no es ajeno a la OMC. Cuando se lanzó la “Ronda de Doha” en Quatar (noviembre de 2001) todos declaraban una victoria. En agricultura, tanto los miembros del Grupo de Cairns como la Unión Europea celebraron lo que calificaban como un éxito. En América Latina los ministros declaraban que se iniciaba el derrumbe de los subsidios europeos, mientras que el comisario europeo de agricultura aseguraba la protección de sus agricultores. El texto de aquel entonces era ambiguo; el texto aprobado por los ministros de comercio indicaba que las negociaciones debían lograr “reducciones de todas las formas de subvenciones a la exportación, con miras a su remoción progresiva” – nunca se determinó cuáles subvenciones se reducirían, ni nunca se precisó que se entiende por apuntar a una remoción progresiva. Una y otra vez se ha caído en esos problemas, y la ministerial de la OMC en Cancún del pasado año es otro ejemplo más.

El nuevo acuerdo de la OMC logrado en Ginebra no clarifica las dudas que se arrastran desde Doha. En este nuevo caso, un examen atento de las reacciones deja en claro que es posible interpretar el acuerdo como mejor le convenga a cada uno. Pascal Lamy, el comisionado de comercio de la Unión Europea señala que “la Ronda de Doha está ahora nuevamente en marcha”, mientras el portavoz del comisionado de agricultura Franz Fischler afirma que el acuerdo preliminar para reducir los subsidios agrícolas ‘no cambia nada’ en términos de gasto en la UE, ya que el presupuesto agrario comunitario, salvo la parte de desarrollo rural, está fijado por los jefes de Estado hasta el año 2013. Mientras en el Cono Sur, los ministros de Argentina, Brasil, Uruguay y Chile celebraban el nuevo acuerdo de la OMC, en Bruselas se señalaba que el documento es “un compromiso marco” y que “es imposible decir cuánto tiempo llevará”, ya que no se incluye todavía ninguna fecha.

Todo el texto es tan incierto que dentro de los países se repiten las reacciones encontradas. Por ejemplo, mientras el gobierno de India trasmitía euforia por el resultado del acuerdo, sus agricultores entendieron el problema que enfrentan: “India y otros países en desarrollo tienen que entender que han sido atrapados por un complejo lenguaje técnico que le permite a Estados Unidos y a la Unión Europea aumentar su apoyo interno” a la producción agrícola, afirmó a la prensa Devinder Sharma, portavoz de la poderosa Coalición Nacional de Agricultores.

Es que para incrementar todavía más la ambigüedad en el texto acordado por la OMC, se mantienen reservas, listados de productos sensibles y tratos preferenciales, que deberán ser negociados en cada caso. El temor de muchos es que los países industrializados tomen ese tiempo para reconfigurar todas sus ayudas apelando a otros canales y otras justificaciones.

El resultado más concreto de este nuevo acuerdo es la decisión de posponer la finalización de la Ronda de Doha en un año, hasta diciembre de 2005. En realidad el acuerdo busca más tiempo para seguir negociando.

La posición de los grandes exportadores de América Latina es particularmente incierta, ya que en varios temas han cedido ante la ambigüedad. No es posible asumir que esos representantes gubernamentales no entiendan esas limitaciones, por lo cual buena parte de los actuales movimientos seguramente están dirigidos hacia las audiencias domésticas dentro de cada uno de los países. Todos necesitaban mostrar algún resultado positivo después de cuatro años de tiras y aflojes en la OMC. En Brasil, Amorim posiblemente le hablaba a la agroindustria; Redrado en Argentina, apuntaba a los grandes exportadores; Rosales reforzaba ante los chilenos la importancia del comercio, y el canciller Opertti auguraba muchas exportaciones a los escépticos uruguayos.

Si bien el presidente de Brasil, Lula da Silva, sostuvo que “conseguimos sensibilizar los corazones y mentes estadounidenses y europeos y los subsidios ya no son más una traba tan grande para que podamos exportar determinados productos en los que tenemos ventajas competitivas”, por ahora no hay evidencia de ese cambio en los fríos sentimientos de las agencias gubernamentales de los países del norte. Tan es así que la Comisión Europea considera que no deberá asumir mayores compromisos, ya que “no será necesario ningún cambio porque la UE puede ofrecer a la OMC ‘los créditos ya ganados’ con la reforma de la política agrícola común” en junio de 2003. Incluso, en el comercio de algodón, donde la presión internacional es enorme, ese cambio en los humores no es perceptible: las resoluciones del nuevo acuerdo de la OMC se mantienen más o menos dentro de las mismas vergonzosas propuestas presentadas por Estados Unidos y la UE durante la ministerial de Cancún.

Si en efecto se hubiera precisado un acuerdo más específico en materia agrícola, inmediatamente se destrabarían buena parte de la agenda del Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA), así como las negociaciones del MERCOSUR con la Unión Europea. En los dos casos, el comercio agrícola es uno de los factores que han paralizado las negociaciones.

Justamente en esos temas la presión de las naciones del sur y de las organizaciones ciudadanas sigue siendo muy fuerte. Las recientes resoluciones de la OMC a favor de Brasil, contra los subsidios de la UE al azúcar, y a favor de Brasil, Tailandia y Australia contra los subsidios de EE.UU. al algodón, mantienen la presión. Todo indica que la UE no aumentará las ayudas tradicionales, y que Estados Unidos deberá reducir varias asistencias. Pero de todas maneras se está lejos de un acuerdo sustancial con medidas concretas.

Los gobiernos Latinoamericanos deberían ser más rigurosos cuando presentan a la ciudadanía los resultados de estas negociaciones. Apelar a celebrar y festejar consensos tan flojos y ambiguos podrá entretener a la prensa por algunos días, pero nunca podrá superar un análisis detallado. Y por cierto que esos convenios no ofrecen ninguna solución de fondo a los dramas de la agricultura Latinoamericana.


G. Evia y E. Gudynas son analistas de información en D3E (Desarrollo, Economía, Ecología, Equidad América Latina).