Monocultivo: la erosión en la fábrica de alimentos

por Carlos Boyadjián – Los especialistas dicen que el monocultivo, impuesto por el mercado global, es el principal factor de erosión de la tierra. Proponen, para el caso local con la soja, un sistema de rotación ya probado.

En un mundo que cada vez demanda más alimentos, el futuro de la producción agropecuaria pasa, en gran medida, por preservar la calidad de los suelos, un recurso vital junto con el agua. Hoy, las técnicas de producción agrícola y las tendencias en los mercados de cereales y oleaginosas impactan en la estructura de los suelos y reducen en forma notoria el volumen de nutrientes que queda tras las cosechas. Esto favorece los procesos erosivos y compromete la productividad futura de las tierras cultivables.

Los investigadores coinciden en que la erosión en los suelos sobreviene, en general, por el monocultivo y la falta de rotación en la siembra, lo que deteriora el balance de nutrientes de los suelos. Un informe elaborado por la Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) insta, tanto a países ricos como pobres, a pasar del monocultivo a una mayor diversificación de los productos, reducir el uso de fertilizantes y otros insumos, apoyar a los pequeños agricultores y prestar mayor atención a la producción y el consumo local de alimentos.

“El monocultivo y los métodos de la agricultura industrial no están proporcionando alimentos suficientes a precios asequibles cuando es necesario, mientras que los daños ambientales causados por este planteamiento no cesan de crecer y son insostenibles”, asegura el informe. Además, el documento recomienda a los gobiernos “encontrar formas de calcular y recompensar a los agricultores por los bienes públicos que actualmente no se pagan, como la conservación del agua potable, el suelo y el paisaje, o la biodiversidad”.

La globalización generó una alta especialización, que derivó en una “producción cada vez a mayor escala de una variedad cada vez más reducida de cultivos, que ha ejercido una enorme presión sobre los costos”, según UNCTAD. Así, la tasa de crecimiento de la productividad agrícola a nivel global ha caído de un 2% anual a menos de un 1% en pocos años.

En la Argentina, cada año la producción agrícola toma del suelo unos 4 millones de toneladas de nutrientes (nitrógeno, fósforo, potasio, azufre y calcio) que se reponen, sólo en parte, vía fertilizantes. Según informa Roberto Casas, director del Centro de Investigación de Recursos Naturales del INTA, en la última campaña se extrajeron 3,9 millones de toneladas de nutrientes y se repusieron 1,36 millones de toneladas, “lo que representa un 34% de reposición”. Considerando que gran parte de la producción va a los mercados internacionales, en especial la soja, Casas sostiene que el último año “la exportación neta de nutrientes en grano fue de alrededor de 2,6 millones de toneladas, lo que representa una cifra de 3630 millones de dólares”, tomando como referencia el valor del fertilizante necesario para reponerlo.

Carolina Sasal, investigadora del INTA Paraná, advierte que en los últimos años hay un desbalance en la rotación de cultivos (gramíneas, cultivos de cobertura), generalizándose la producción de soja. “Cualquier monocultivo genera problemas, pero el de soja aporta muy poco residuo y genera balances negativos de carbono y nutrientes”, afirma.

Una respuesta es la siembra directa, práctica muy extendida en nuestro país, que contribuye a proteger la superficie del suelo con rastrojos, minimizando la erosión hídrica. Sin embargo, la clave para reducir la erosión es una adecuada rotación de soja con gramíneas (maíz, trigo, sorgo) o cultivos de cobertura, que aportan carbono al suelo. Es que la falta de rotación deja al suelo con menos porosidad, cambia su estructura y ya no retiene suficiente agua pluvial.

Se estima que en la Argentina el 20% del territorio está afectado por procesos de erosión hídrica y eólica, unos 60 millones de hectáreas. “Los procesos erosivos generan al país una pérdida anual de producción, sólo en los principales cinco cultivos (soja, trigo, maíz, girasol y sorgo), superior a los US$2.000 millones”, asegura Casas. Explica que por cada centímetro de suelo perdido, “el rendimiento del maíz disminuye alrededor de 250 kilos por hectárea, el trigo 150 kilos y la soja 100 kilogramos”. Para Casas también hay un impacto de la erosión en la infraestructura (inundaciones, caminos, puentes, dragado de canales de navegación) que sumaría otros US$1000 millones anuales, o aún más.

Carolina Sasal destaca que en estudios realizados por el INTA Paraná, rotando la soja con cebada, centeno o trigo, “se logró reducir la pérdida de agua en un 45 a 50%, la pérdida de suelo en un 30% y la de nitrógeno y fósforo en un 50%”. Y recuerda: “La idea es no afectar el rendimiento de la soja y rotar con otras producciones, teniendo en cuenta, además, que la soja de segunda tampoco tiene el mismo precio que la de primera”.
Publicado originalmente en el suplemento iEco del Clarín, 27 octubre 2013, aquí…